Javi, Silvi, Antua, Richar, Gotzon, Petrus, Josu, Unai,
Iñaki, Martín.
La cueva se
encontraba en Sopuerta . Pasamos el camino de las muñecas y traspasamos el
mismo túnel por el que solían cruzar los trenes mineros. A la derecha, dos
altas chimeneas de 1956. Erigidas con ladrillo, rememoraban la férrea historia
del territorio. Todo allí era del color del hierro; los ladrillos rojos y la
tierra abrasada, el polvo rojizo.
Lo cierto es que
había ciertos indicios que- para un supersticioso- auguraban una expedición catastrófica. El
color a sangre de la tierra, el clásico paisano advirtiéndonos de que nos aventurábamos
por un camino difícil, la cabra muerta y putrefacta que encontraríamos en una
de las salidas, e incluso algún que otro hueso perdido en el interior de la cueva.
Por suerte, ninguno de nosotros parecía haber visto demasiadas películas de
terror, así que nos adentramos en el tupido bosque con ganas de barro y roca.
Por un lado, Richar, Josu, Iñaki y yo nos dirigimos a un pozo muy cercano, aún
no ollado, para practicar el arte de la instalación. Tampoco con demasiado estilo,
anclamos unos montys y un desagradable Apolo y descendimos unos pocos metros. Tras una
pequeña sala, encontramos otra salida alternativa. Como premio: necrosis animal
en una esquina.
El otro grupo,
compuesto por el resto de los espeleólogos, se había encaminado hacia una
estrechez para desobstruirla. También estaba Antua, que gateaba y reptaba de un
lado para otro. Cuando nuestro grupo volvió a entrar por la ruta principal, no
dudamos en dirigirnos a lo más profundo de la cueva, lo cual era realmente poco
profundo. Allí estaban todos, esperando a que Petrus y Unai ultimasen los
preparativos de la tercera obertura, quiero decir, abertura. Una vez despejado
el camino, Javi y Silvi nos lideraron como buenos anfitriones por un terreno
desconocido. Estos dos exploradores pueden atestiguar que aquella había sido
una cueva “tímida” durante años, escondida entre árboles y zarzas. Sin embargo,
tras estos “pequeños empujones”, la cavidad nos mostro un mundo interior
insospechado. El túnel principal
mostraba un trazado que se bifurcaba a pocos metros de la estrechez. A la
izquierda, una agónica gatera que iba disminuyendo su tamaño y acaba siendo tan
minúscula como las puertas de Alicia. A la derecha, aún queda topo que definir.
Una grieta se abría y continuaba entre grandes coladas y diamantes de calcita.
Al fondo, volvía a suceder el mismo encogimiento. Atraido por el eco de la
maceta, el pinchador de Kurribijo estaba decidido volver otro día y cavar en esa
angostura. No obstante, antes, a la mitad de esta grieta, una gatera
transversal volvía a llenarnos de alegría. A medida que se avanzaba por la
ramificación iban quedando incógnitas en el camino (de escalada obligatoria).
Al final, cómo no, la gatera-túnel alcanzaba una sala- proclive a la inundación-
que se estrechaba considerablemente. Si
uno alargaba los brazos y se estiraba lo suficiente, podía ver que esta cañería
continuaba. Pero, otra vez más, sería necesario un duro trabajo de extracción
de barro. Había lugares con raíces y mosquitos, cavidades en las que casi se
respiraba aire puro. Habrá que esperar a la topo para detallar la crónica.
Esta cueva, de cuyo
nombre- parece ser- no quiero acordarme (si alguien me ayuda con ello…), se
encuentra al mismo tiempo en tierra de nadie y de muchos. Fronteriza de varios
grupos espeleológicos, ha permanecido inexplorada durante mucho tiempo. Gracias
a sus anfitriones- Javi y Silvi- y a los invitados- el hambriento ADES-
volvemos a demostrar que aún quedan agujeros sin descubrir en nuestros montes.
P.D: Euskarazko bertzioa laster egongo da hemen!






.jpg)
